Pappo lo llamaba Pappo. Y a él le incomodaba.
Norberto Napolitano sabía quién era Fernando Balagué. Se habían cruzado varias veces, habían hablado, compartido horas y tenían conocidos en común. Cuando lo veía, lo llamaba por el mismo nombre con el que hacía años lo conocían en San Luis: Pappo.
Balagué prefería otra cosa. Admirarlo, sí. Escucharlo desde chico, viajar para verlo tocar, crear una escuela con su nombre y conseguir que una cuadra de San Luis llevara la marca del rock y de Napolitano. Incluso poner su imagen en la camioneta con la que reparte bidones de agua todos los días. Pero ser Pappo era otra cosa.
Antes de todo eso había sido Fernando Ceferino Balagué: El Flaco. Un chico criado en el campo que a mediados de los setenta esperaba que su padre estacionara la camioneta después de almorzar para meterse adentro a escuchar una radio de Rosario. Ahí escuchó por primera vez esa música. No había internet y la radio no siempre decía quién sonaba. Solo quedaba escuchar, esperar y descubrir.
Los años trajeron Pappo’s Blues, Riff, el pelo largo, las camperas de cuero y los viajes a Buenos Aires. También llegó San Luis. Balagué se instaló para estudiar la Licenciatura en Química y se recibió en 1990. En aquellos primeros años todavía no era Pappo, al menos no para todos. Llevaba una carpeta de la secundaria con la foto del Carpo y una frase: “La vigencia de un monstruo”. Un compañero de la universidad empezó a llamarlo así. Los demás lo repitieron y el apodo se convirtió en una vida.
Balagué terminó conociendo a Napolitano. Habló con él, pasó cerca de tres horas y media en un camarín conversando de música, autos y motos. Dos días antes de la muerte del músico, hablaron por teléfono. Pappo tocaba cerca y le pidió que fuera, pero Balagué estaba trabajando y no llegó. Pensó que volverían a encontrarse. No ocurrió.
Después de la muerte de Napolitano hizo algo con todo aquello. Creó una escuela de rock que lleva su nombre, se vinculó con su familia y durante años llevó chicos de San Luis a tocar en los homenajes en Buenos Aires. Algunos compartieron escenario con músicos a los que hasta entonces solo conocían desde el público. En 2014 logró que una cuadra de la calle Estado de Israel pasara a denominarse Calle Cultural del Rock Norberto “Pappo” Napolitano. No fue sencillo: hubo discusiones y resistencia, pero Balagué insistió hasta que ocurrió. Armó también una emisora de rock, La Rock & Blues 105.9, y su propio trabajo terminó entrando en la misma historia: Las Vertientes, El Agua del Rock. Hoy recorre San Luis en una camioneta imposible de confundir.
Pero contar a Balagué únicamente desde el rock sería contar solo una parte. La escuela tampoco quedó únicamente en la música; alrededor empezaron a aparecer colectas, comedores y otras formas de ayudar. Primero fueron chicos que querían aprender a tocar, después sus familias y más tarde personas que necesitaban un medicamento, ropa, comida o simplemente alguien dispuesto a hacer una llamada.
Después apareció la discapacidad y Balagué volvió a involucrarse. Dice que al principio sabía poco. Empezó a mirar, preguntar y aprender, pero también a cuestionar algunas cosas. Veía chicos que iban de un profesional a otro, de una terapia a otra, y empezó a preguntarse qué había además de eso. No discutía la necesidad de los tratamientos: se preguntaba por todo lo demás. Un cumpleaños. Un baile. Aprender algo. Tocar un instrumento. Estar con animales. Hacer radio. Encontrarse con otros.
Hoy su fundación trabaja con alrededor de setenta chicos en distintas actividades. Una vez al mes organiza una matiné con jóvenes de otras instituciones para bailar, encontrarse y festejar cumpleaños. La idea es que el diagnóstico no determine quién puede estar ahí. Buena parte de esa red funciona sin demasiada burocracia: alguien necesita algo, Pappo pregunta; alguien tiene algo, Pappo llama. Uno aporta una computadora, otro fabrica una mesa, alguien presta una máquina, una familia acerca ropa, un comercio entrega alimentos. Hay cosas que paga él mismo; hay tiempo, combustible y kilómetros que no entran en ningún Excel. Puede pasar una mañana repartiendo bidones, una tarde buscando una silla de ruedas y un sábado limpiando un terreno a machete.
Tal vez haya vidas que encuentran su forma cuando lo propio empieza a servirles también a otros. En Balagué, el rock, los contactos, el trabajo y hasta una camioneta terminaron funcionando de esa manera. Pero hay algo con lo que no cede: no todo sirve para donar.
Cuando recibe ropa destruida o juguetes rotos, los descarta. Le molesta esa forma de solidaridad que consiste en entregarle a otro aquello que uno mismo ya considera basura. Los juguetes se limpian, se acomodan y se embolsan para que el chico que los recibe sienta que está recibiendo un regalo. Parece un detalle, pero para Balagué no lo es. Detrás de una bolsa de ropa usada puede haber alguien que trabajó toda su vida y que ahora no puede comprarse una remera. Necesitar ayuda ya es suficientemente difícil; recibirla no debería significar además perder la dignidad.
Ahora hay un proyecto mayor: diez hectáreas donadas a la fundación donde imagina una escuela integral, un albergue para chicos del interior, un polideportivo, una pileta para hidroterapia, una granja y un espacio para trabajar con caballos. Ya le donaron quince. El problema, por ahora, es bastante más terrenal: falta agua. Balagué asegura que lleva años intentando conseguir la conexión para el predio. Del otro lado de la ruta, dice, el agua está a unos veinte metros. Quince caballos, diez hectáreas y un proyecto entero esperando, entre otras cosas, unos metros de caño.
Ahora también quiere ser intendente de San Luis. La política llegó tarde a esta historia, pero Balagué la explica con las mismas palabras que usa para hablar de la fundación: gestionar, conseguir, resolver. Después de años golpeando puertas, dice que quiere tener la herramienta para decidir.
Llevará tiempo saber qué ocurre con esa posibilidad. Por ahora resulta difícil separar al candidato del hombre que sigue arriba de una camioneta repartiendo agua. Uno podría ordenar la vida de Fernando Balagué diciendo que es químico, rockero, comerciante, hombre de radio, fundador de una escuela y dirigente social. Ahora también quiere hacer política. Pero sería demasiado prolijo para una vida en la que las cosas simplemente se fueron cruzando.
Pappo lo llamaba Pappo. Y a Fernando Balagué le incomodaba. Había pasado buena parte de su vida siguiéndolo y admirándolo, pero una cosa era llevar su nombre y otra ocupar su lugar. Con los años terminó haciendo algo diferente con aquel apodo: hoy, en San Luis, alcanza con decir Pappo para que muchos sepan de quién se habla. Y no necesariamente están hablando de rock.

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