La consigna era ir en zapatillas y con ropa cómoda. Aquella tarde iban a jugar.
El 16 de octubre de 2016, El Diario publicó una nota sobre un festejo del Día de la Madre en la asociación Lección de Vida, en Villa Mercedes. Unas cuarenta mujeres habían dejado a sus hijos con familiares para pasar unas horas juntas. Llegaban de los barrios San José, Villa Rafaela, Las Mirandas, Güemes y Jardín del Sur.
Había que buscar caramelos en harina, maquillar a otra con los ojos vendados, reventar globos sentándose encima. Para una de las carreras usaban pantalones enormes: dos mujeres se metían, una en cada pierna, y trataban de avanzar.
“Terminamos exhaustas”, contó Nancy Morales, una de las fundadoras.
Nancy es mi mamá.
Vuelvo a esa nota diez años después. Me detengo en las remeras que entregaron como premios. Eran donadas y las habían lavado y perfumado. También regalaron agarraderas hechas con retazos y carteras tejidas en los talleres. Para comer había empanadas, pizzas y pastafrola que ellas mismas habían preparado.
Alguien se había tomado el trabajo de perfumar esas remeras. Leo ese detalle y reconozco a mi madre.
En Lección de Vida se comparte la merienda, se aprende un oficio, se hace la tarea de la escuela. También se escucha. Mi mamá sostiene esa tarea junto a otras personas, siempre acompañada por mi papá, Carlos.
Aquella tarde, antes de los juegos, recordaron a quienes ya no estaban y a las que atravesaban momentos difíciles. Después subieron la música y bailaron.
Mi mamá decía en la nota que algunas necesitaban un beso, una mirada, un te quiero. Hablaba de acompañarlas y de alentarlas a darles a sus hijos aquello que ellas no habían recibido.
Me gusta que haya quedado registro de esa tarde. De esas madres jugando.
De muchas de ellas no sabemos el nombre. Están en la fotografía, juntas. Cada una habrá vuelto después a su casa, a sus hijos, a lo que había dejado pendiente para poder ir.
Miro la foto y pienso en mi mamá entre ellas. Puedo contar lo que hace en la asociación, leer sus palabras en el diario. Después me toca explicar lo que significa para mí y me cuesta más.
Tengo hijos y tengo mi edad. Con ella me sigo sintiendo su niño.
Por eso me detengo en lo que decía sobre acompañar. Yo conozco esa forma suya de estar. La nota me permite verla también en la vida de otras personas, entre mujeres que a su vez cuidan, enseñan y acompañan.
Hay un último detalle: habían hecho flores con bolsas de residuos y plástico reciclado para llevar al cementerio al día siguiente. Pienso que algunas de esas flores serían para las madres de esas madres.
Este domingo pienso en ellas. En las que aparecen en la foto y en tantas otras de las que no habrá una nota.
Y vuelvo a leer a mi mamá diciendo que terminaron exhaustas.
Puedo escuchar su risa.

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