Magallanes esperó de pie.
En 1982 Alberto Magallanes no disparó un solo tiro. Cargaba comida, camas, combustible. Organizaba lo que un piloto necesita antes de subir a un avión. Los vio partir uno por uno, desde la Base Aérea Militar Río Gallegos. A algunos los volvió a ver. A otros no.
La guerra terminó en junio. Para Magallanes no terminó del todo: le temblaban las manos, no dormía, y pasó semanas internado por una depresión. Volvió a Villa Mercedes, pero durante meses no fue el mismo.
Con el tiempo abrió una radio. La llamó FM Malvinas. Según él, no fue un homenaje, sino una forma de seguir nombrando lo que le había pasado.
La emisora transmitía música, noticias y publicidad, pero también organizaba almuerzos comunitarios. Comerciantes de Villa Mercedes aportaban alimentos y la radio convocaba a quienes necesitaban un plato de comida. Según recuerda Magallanes, una vez por semana llegaban a reunirse alrededor de doscientas cuarenta personas. Él era empresario gastronómico: los banquetes eran su trabajo. La radio era otra cosa.
A comienzos de los años noventa las FM crecían más rápido que las leyes. Los operativos del COMFER y la CNC, acompañados por la Policía Federal, se habían vuelto frecuentes en la zona. Bastaba una denuncia para que una emisora desapareciera del dial. En 1993, esa noche llegó a Villa Mercedes.
En la planta alta de la casa de los Magallanes, en la calle Italia, funcionaba FM Ciudad, la radio de Walter, uno de los hijos de Alberto. Los enviados retiraron la consola, el transmisor y el resto de los equipos. La emisora quedó fuera del aire. Después bajaron la escalera.
Abajo, al fondo, funcionaba FM Malvinas.
Frecuencia 100.5.
Golpearon la puerta.
Alberto Magallanes no abrió.
Cuenta que primero se quitó parte de la ropa para demostrar que no llevaba armas. Habló durante más de una hora, a través de la puerta, con el oficial a cargo de la Policía Federal. De toda esa noche recuerda una sola frase.
—Perdoname, pero me mandaron.
No respondió hablando de licencias ni de reglamentos. Habló de Malvinas. De los pilotos que había visto despegar. De los compañeros que nunca regresaron. De la depresión que vino después.
No hubo disparos. No hubo forcejeos. Solo una puerta que permaneció cerrada mientras los equipos de las demás radios ya estaban cargados en los vehículos oficiales.
Cuando todo terminó, Magallanes salió envuelto en una bandera argentina.
Darío Figueroa era operador de FM Ciudad y esa noche estuvo ahí. Más de treinta años después recuerda la misma escena: la bandera, la discusión y el operativo. También coincide en un detalle preciso: los equipos de FM Malvinas nunca fueron decomisados. Según ambos testimonios, fue la única emisora que conservó intacta su instalación.
Hay una parte de la historia que ya no puede comprobarse en un expediente. Magallanes asegura que, antes de que todo terminara, dio su palabra: no volvería a encender FM Malvinas hasta que las radios cuyos equipos habían sido retirados pudieran regresar al aire. No hay documentos que permitan establecer cuánto tiempo cumplió esa promesa.
Once años antes no pudo elegir quién volvía y quién no. Esa noche, del otro lado de una puerta, eligió que algo se quedara. Nadie lo condecoró por eso. Pero los equipos de la radio siguieron donde habían estado siempre.

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