Hay entre 80 y 100 personas durmiendo en las calles de la ciudad de San Luis. El dato lo difundió Cáritas Diocesana y no necesita adjetivos: hombres y mujeres pasan la noche en veredas, plazas, debajo de puentes, donde encuentran algún reparo. Algunas llegan a los comedores. Otras buscan un refugio.
El número también deja una pregunta pendiente: ¿son más que antes?
La respuesta parece sencilla hasta que uno busca datos anteriores.
En septiembre de 2024, Cáritas estimaba unas 80 personas en situación de calle dentro de las cuatro avenidas de la ciudad. En agosto de 2026, la estimación es de entre 80 y 100. Dos fotografías separadas por casi dos años. No alcanzan para construir una película.
El fenómeno, por supuesto, no apareció en 2024. En junio de 2023, El Chorrillero ya advertía que «cada vez hay más personas en situación de calle», con casos en Plaza Pringles y el Paseo del Padre. Pero no encontramos, para ese año, un relevamiento público de Cáritas con una cifra comparable con las actuales. Tampoco encontramos para 2019, 2020 o 2021 una serie pública anual que permita seguir la evolución del fenómeno. Eso no significa que nadie las viera. Mucho menos que nadie las asistiera.
En julio de 2019, la Municipalidad de San Luis puso en funcionamiento hogares de tránsito para personas en situación de calle. La primera noche, uno de ellos recibió a 15 hombres. Hubo alrededor de 30 llamados de vecinos alertando sobre otras personas. Dos meses después, los hogares municipales habían registrado el paso de 78 personas diferentes. Había fichas de ingreso. Había controles sanitarios. Había gente trabajando para asistir a otra gente.
Lo que no había era, necesariamente, un censo de ellas. Y esa diferencia importa: un registro de asistencia responde una pregunta —¿a cuántas ayudamos?— y un relevamiento poblacional intenta responder otra, mucho más incómoda: ¿cuántas hay? Setenta y ocho personas alojadas durante dos meses en 2019 no equivalen a 78 personas viviendo simultáneamente en la calle, de la misma manera que cien personas que concurren a un comedor no son necesariamente cien personas sin techo. No son lo mismo. Y en San Luis, durante años, tuvimos la primera pregunta contestada y la segunda apenas intuida.
El problema tampoco fue exclusivamente puntano. Argentina sancionó recién en 2021 la Ley 27.654, que estableció derechos para las personas en situación de calle y dispuso un relevamiento nacional anual. El Censo 2022 incorporó, por primera vez, un operativo específico para contarlas. En San Luis fueron registradas cuatro personas.
La tentación de trazar una línea es inmediata: cuatro en 2022, ochenta en 2024, cien en 2026. Sería un gráfico contundente. También sería falso. El Censo midió una noche puntual con un operativo específico; las estimaciones de Cáritas surgen de otro tipo de relevamiento y de conocimiento territorial acumulado. Compararlos como si fueran la misma vara produce una conclusión que los datos no sostienen.
Contar a quienes viven en la calle es, además, genuinamente difícil: una misma persona puede dormir hoy bajo un puente y mañana en la casa de un conocido. Un relevamiento demasiado largo la cuenta dos veces; uno de una sola noche puede no contarla. No es casual que los criterios nacionales para uniformar este tipo de censos sean tan recientes. Pero la dificultad para contar trae un problema derivado: también dificulta saber si lo que hacemos funciona.
En 2023 se escribió en San Luis que «cada vez hay más» personas en la calle. En 2025 se volvió a escribir. En 2026 lo leemos otra vez. Puede ser cierto. Pero un «más» necesita, inevitablemente, un punto de comparación, y ese punto, en San Luis, no termina de aparecer. Con los dos datos concretos que tenemos —unas 80 en 2024, entre 80 y 100 en 2026— no alcanza para demostrar una tendencia de crecimiento. Tampoco puede demostrarse que no haya ocurrido.
Eso es lo incómodo. No sabemos. Y cuando no sabemos, el espacio que deberían ocupar los datos se llena de interpretaciones.
Una persona durmiendo en una plaza es, antes que nada, una persona atravesando una situación extrema. Ochenta personas son, además, un dato. Cien pueden convertirse rápido en un argumento político: para la oposición, la evidencia de un fracaso; para quien gobierna, refugios habilitados y viandas entregadas; para una organización social, la dimensión de una emergencia; para un medio, un título. Todos pueden estar hablando de la misma realidad y, sin embargo, contando historias distintas. Conviene detenerse antes de elegir una.
Decir que el problema es anterior no absuelve a la gestión actual: gobernar significa también hacerse cargo de lo heredado. Que hoy haya alguien durmiendo bajo un puente no mejora en nada saber que hace cinco años dormía otra persona en el mismo lugar. Pero que hoy existan entre 80 y 100 personas en la calle tampoco demuestra, por sí solo, que el fenómeno haya nacido ahora o crecido durante esta gestión. Para afirmar eso hacen falta datos que todavía no tenemos.
Y ese es, quizás, el número verdaderamente ausente. ¿Cuántas personas estaban en la calle en 2019, en 2020, en 2021, en 2023? ¿Cuántas de las 80 estimadas en 2024 siguen hoy ahí? ¿Cuántas consiguieron salir, cuántas volvieron, cuántas llegaron por primera vez? ¿Cuánto tiempo pasa, en promedio, una persona sin un lugar donde vivir? Medir no le da de comer a nadie, no ofrece una cama en una noche de invierno, no reconstruye una familia ni resuelve una adicción. Pero permite saber si lo que hacemos para ayudar está, de verdad, funcionando.
En San Luis, las personas que duermen en la calle no aparecieron este invierno. En 2019 ya había refugios. En 2023 los medios hablaban de ellas. En 2024 Cáritas calculaba unas 80. En 2026 estima entre 80 y 100. Entre esas fechas hubo comedores, refugios, voluntarios, políticas públicas, y personas que, todas las noches, siguieron necesitando un lugar donde dormir. Lo que no hubo fue una línea capaz de unir esos puntos.
Quizás convenga desconfiar de quien toma un número y, en el mismo gesto, nos explica qué significa. Ochenta. Cien. Más. Menos. Las palabras suenan precisas hasta que buscamos la serie que debería sostenerlas. Ahí aparece el vacío.
Y lo que una sociedad no mide no es necesariamente lo que no le importa. A veces es algo más incómodo: es aquello que aprendió a ver todos los días sin preguntarse si crecía, si disminuía, o si simplemente seguía ahí.

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