Hoy terminé Cómo ser un estoico, de Massimo Pigliucci. El libro estaba en casa desde hacía mucho. Había leído algunas páginas, lo había dejado, en el medio leí otras cosas sobre los estoicos y hace poco volví.
Entre otros tatuajes, tengo dos palabras en el brazo izquierdo: memento mori. Recuerda que morirás. Así que el libro no me trajo hasta acá. Ya venía pensando en la muerte desde antes, y últimamente bastante. No sé qué carajo me está pasando.
Hace un tiempo escribí sobre llegar a tierra firme y ahora escribo sobre mi muerte. No lo hago con miedo ni me quedo esperando que ocurra. Saber que voy a morir me hace prestar más atención a que estoy acá. A veces dicen que no hay que nombrar demasiado ciertas cosas porque uno termina llamándolas. Con esta no corro ese riesgo: viene igual.
Lo que sí me intriga es cómo. Si pudiera elegir, sería sentado en una playa mirando el mar, tranquilo, con unos minutos para entender que me estoy yendo. Pero tampoco eso se elige.
En estos años vi morir a gente. Algunos habían sido parte de mi vida, otros estaban cerca, con otros apenas había una relación circunstancial. Y vi lo que pasa después. Aparecen fotos, mensajes, despedidas. Durante unos días se cuentan anécdotas, alguien encuentra una foto vieja. Los más cercanos atraviesan algo mucho más largo. Después la vida sigue, igual, como dice la canción. Algunos permanecen en las conversaciones durante años y otros aparecen cada vez menos, hasta que un día los recordamos solo cuando llega una fecha. Está bien que sea así.
Hice el ejercicio con mi propio nombre. Alguien tendrá que avisar, elegir una foto, escribir una línea. Yo hice eso muchas veces cuando murió alguien: buscar unas palabras, publicarlas, seguir.
Tengo un amigo que cada vez que muere alguien que conoció o admiró escribe una despedida, y casi siempre termina igual: «Me quedo con tu sonrisa». Muere alguien y tarde o temprano aparece la sonrisa. Con otro amigo nos da gracia. Así que dejo una instrucción más importante que cualquier epitafio: cuando me muera, que alguien controle a este hombre. La sonrisa, déjenmela a mí.
También pienso en la gente a la que quise y por la que hice cosas sin esperar demasiado a cambio. Algunos siguen cerca y otros hace años que no los veo. Puede que alguien se acuerde de algo que yo mismo olvidé: un llamado, una ayuda, haber estado. Puede que alguien por quien hice mucho piense en mí algunos minutos. El cariño no se cobra en memoria. Y, para no hacer trampa, habrá también quienes me recuerden por lo que no hice o por cómo me equivoqué con ellos. No voy a imaginarme un muerto mejor que el hombre que fui.
Mi abuela vivió 99 años y estuvo bien hasta los 97. Cuando murió me dolió, pero pude entenderlo: noventa y nueve años, ¿qué más se le puede pedir a una vida? Mis viejos siguen acá. Son grandes y sé que también se van a ir. No me gusta escribirlo, pero no escribirlo no cambia nada.
A los veinte yo también sabía que me iba a morir, solo que era un dato, como tantos otros que no tienen consecuencias prácticas. Había tiempo para perder una tarde, postergar un viaje, enojarse durante meses, no llamar, esperar una oportunidad mejor. Después uno descubre algo elemental: no sabemos cuánto tiempo hay.
Los estoicos pensaron mucho en la muerte, pero no para obsesionarse con ella. Parte de su filosofía consistía en distinguir lo que depende de nosotros de lo que no. Yo no controlo cuándo ni cómo voy a morir. Tampoco quién va a estar, qué foto van a elegir o cuánto tardarán en dejar de nombrarme. Eso pasa cuando ya no es asunto mío.
Lo que sí es asunto mío ocurre antes. Los amigos a los que puedo llamar, la gente a la que puedo decirle que la quiero, la música que todavía quiero escuchar, los lugares a los que quiero volver. Y muchas cosas en las que ya no debería gastar horas. No sé cuántas me quedan.
Esta mañana abrí los ojos y recordé que moriré.

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