Servicio militar en Bolivia: Un padre, su hijo y un cuartel.

by Habeja · 1 octubre, 2026

Gustavo Sandoval hizo el servicio militar en 2004. En enero de 2026 llevó a su hijo Jhon, de diecisiete años, a hacer el suyo.

A las seis de la mañana, Jhon le preguntó a su padre a qué hora salían. Había vuelto hacía un rato de una fiesta y se había despedido de sus amigos. Gustavo Sandoval pensó que lo del viaje era una broma.

La noche anterior, Jhon le había pedido cincuenta mil pesos para salir. Su padre le dijo que era mucha plata para una fiesta. Entonces el muchacho le preguntó si se los daba en caso de que aceptara ir al cuartel. Gustavo dijo que sí.

En esa casa de Río Cuarto, el servicio militar en Bolivia era un tema que venían hablando desde hacía tiempo. Gustavo lo había hecho a los dieciocho y quería que su hijo conociera esa experiencia. Jhon decía a veces que iría cuando terminara el colegio. Le faltaba un año. Esa mañana insistió en salir temprano, prepararon la mochila y se fueron.

El 20 de enero de 2026, Jhon Gustavo Sabdoval Flores ingresó a un cuartel de Bolivia. Tenía diecisiete años. Había nacido en ese país, pero se había ido antes de cumplir uno.

Gustavo hizo el servicio en 2004. Ya trabajaba con su padre y sabía algo de construcción. Cuando salió, su familia pasaba por dificultades económicas y a él le faltaban dos años para terminar el colegio. No volvió a estudiar. Se quedó unos meses y decidió venirse a la Argentina, con diecinueve años.

Trabajó unos tres meses en Buenos Aires, estuvo alrededor de dos años en San Luis y en 2007 llegó a Río Cuarto. Viajaba solo y a fin de año volvía a Bolivia para pasar las fiestas con sus padres. Allí conoció a la mujer con la que formó su familia. Jhon nació en 2008.

Gustavo intentó quedarse a trabajar allá, pero cuenta que no encontraba suficiente trabajo, así que volvieron a la Argentina los tres. Llegaron a la casa de unos primos y alquilaron una pieza. Gustavo se acuerda de las primeras compras: un plato y unas cucharas.

Al hablar de lo que le dejó el cuartel, enumera tareas. Coser los botines, arreglar y doblar la ropa, mantener la cama en orden, presentarse prolijo aunque no hubiera plancha. Recuerda también lo que les decían para cuando salieran: que terminaran el colegio, que trabajaran, que ayudaran a sus madres y no se olvidaran de ellas.

«A mí me sirvió».

Gustavo relaciona esas enseñanzas con lo que hizo después. Ahorraba, evitaba gastar en ropa y juntó plata para comprar un terreno en Bolivia, donde fue construyendo una casa de a poco. Ahí viven sus padres, que tienen un pequeño negocio. Hoy tiene casa y auto en la Argentina. Cuando cuenta cómo los consiguió, habla de trabajar y de haber escuchado a sus padres.

Ya había aprendido a arreglárselas antes del cuartel. En una etapa de sus estudios vivía lejos de su familia, en una pieza alquilada, y cursaba de noche. Al volver tenía que cocinar, hacer la tarea y lavar su ropa. Tenía amigos que fumaban y salían. Él compartía con ellos hasta cierto punto y después se volvía.

A sus hijos les insiste en que estudien. Conoce el sol y el frío de la construcción y les dice que los va a apoyar hasta donde pueda. A Jhon además le pedía que aprendiera a trabajar, porque algún día él podía faltar y su hijo tendría que saber ganarse la vida.

Le preocupan las contestaciones y la falta de respeto que ve en algunos jóvenes. En su casa se discutía por las salidas, por la plata y por el uso de los vehículos. Lo dejaba manejar un rato, pero no quería que saliera solo en el auto o en una moto. Mientras fuera menor, entendía que tenía que cuidarlo y responder por él.

En esas conversaciones aparecía el servicio militar. Gustavo le decía que era una experiencia que haría una sola vez en la vida. Jhon aceptó ir antes de terminar el secundario.

Del viaje, Gustavo se acuerda de Tucumán de noche, de Pichanal de madrugada y de la frontera por la mañana. Del otro lado cambiaron plata, comieron algo y tomaron un taxi hasta el cuartel.

Como Jhon era menor, les pidieron una autorización. Hicieron los trámites médicos y abrieron una cuenta bancaria, donde les dijeron que iba a cobrar. En su época, Gustavo recibía un boliviano por día.

Volvieron al cuartel por la tarde. Jhon entró a los exámenes y al rato les avisaron que estaba en condiciones y que se quedaba. Ya no pudieron verlo antes de irse. Su padre le había dicho que se despidiera antes de entrar.

Al día siguiente, Jhon llamó. Según Gustavo, le contó que durante la noche lo habían golpeado, que no había dormido y que no le habían dado de comer. Gustavo no estuvo ahí. Lo que cuenta es lo que su hijo le dijo por teléfono.

Gustavo asocia esa primera noche con el trato que se les da a los recién llegados. Habla de ejercicios, de exigencias y de provocaciones, como preguntarles si quieren irse o si quieren que llamen a sus madres. Reconoce algo de lo que vivió él mismo. Sigue convencido de que el servicio le sirvió y de que puede servirle a su hijo.

Al principio, a Jhon también le costaron la comida y los himnos que tuvo que aprender. Había nacido en Bolivia, pero se había criado en Río Cuarto.

Ahora hablan los fines de semana y Jhon manda fotos. Gustavo dice que está mejor, que ingresaron otros muchachos y que su hijo dejó de ser uno de los nuevos. Las visitas, cuenta, son los jueves. Jhon no tiene familiares cerca que le lleven algo de comer ni una casa adonde ir cuando sale de franco.

Gustavo viajó a verlo. Salió de Río Cuarto un viernes y llegó el sábado. Les explicó a las autoridades que venía desde la Argentina, que no podía visitarlo cada semana y que su hijo no tenía familia en la zona. Le dieron tres días de permiso. Estuvieron juntos el sábado, el domingo y el lunes.

En una de las fotos están los dos frente al emblema de un regimiento de caballería. Jhon lleva uniforme y botines. Gustavo está a su lado.

Lo encuentra más serio y más respetuoso. Dice que su hijo le pidió disculpas y le reconoció cosas que antes discutía. También opina sobre las salidas de sus hermanos, una chica de dieciséis años y un varón de catorce. Gustavo lo toma como una señal de que la experiencia le está sirviendo.

Jhon sigue en el cuartel. En esta entrevista, su experiencia llega a través de su padre. Gustavo calcula que terminará el servicio en enero de 2027.

Cuando él salió, le faltaban dos años para terminar el colegio y no volvió a estudiar. A Jhon le queda uno. Según cuenta Gustavo, su hijo le repite: «Voy a trabajar. Voy a terminar el colegio, papi».

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