Dicen que si estás seguro, quemes los barcos. Que elimines la posibilidad de volver atrás. Que hundas las naves para que no haya otro plan. Es una de esas frases que aparecen cada tanto, aunque a esta altura ya no sé si funciona tan así.
Tengo 56 años y quemé unos cuantos. Algunos porque quise. Otros porque no quedaba nada por salvar. Y alguno, seguro, porque confundí una certeza con una urgencia. Después tocó nadar. Encontrar otro barco, subirse al de alguien, armar uno como se pudiera o mantenerse a flote hasta que apareciera algo.
También creí llegar a algunos puertos. Lugares, trabajos, personas, proyectos que durante años parecieron tierra firme. Uno se instala, construye, hace planes y piensa que llegó. Quizás ahí está el engaño.
Con el tiempo, lo definitivo deja de serlo. Lo imprescindible desaparece, las certezas cambian y terminás alejándote de lugares a los que juraste haber llegado para siempre.
A los 56, ya no me preocupan demasiado los barcos que quemé. Ni siquiera los que no tendría que haber quemado.
¿Cuántas veces creí estar en tierra firme cuando en realidad nunca dejé de navegar?

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