Cada Día del Niño, mis padres vuelven al mismo lugar. Se llaman Nancy y Carlos y desde hace alrededor de treinta años llegan al Policlínico Regional Juan Domingo Perón de Villa Mercedes con juguetes para los chicos internados en Pediatría.
No van solos. Alrededor de ellos siempre hubo gente que acompañó. Algunos estuvieron una vez, otros durante años. Ayudaron a conseguir juguetes, preparar las bolsas, cargar las cosas, inflar globos o ponerse un disfraz para recorrer las habitaciones.
Las personas fueron cambiando con el tiempo. La visita se mantuvo.
Hubo una interrupción: la pandemia. Durante esos años no pudieron ingresar al hospital. Cuando pudieron hacerlo otra vez, volvieron.
Escribo esta historia con una dificultad que prefiero dejar planteada desde el comienzo: son mis padres. Los conozco demasiado como para fingir distancia y los quiero demasiado como para pretender que me resulta indiferente contarla.
Pero hay un hecho que puede separarse de ese vínculo: llevan alrededor de treinta años haciendo algo que nadie les exige.
Las fotografías de este último Día del Niño muestran una parte de esa historia. Hay habitaciones de hospital, camas, sueros, madres y padres acompañando. Hay chicos que ese domingo están internados mientras, afuera, la fecha transcurre de otra manera.
En una de las imágenes, un chico está sentado en una cama y recibe oxígeno. Frente a él hay alguien disfrazado de Marshall, el perro bombero. El chico levanta el puño. Marshall hace lo mismo. Los dos chocan los puños.
No sé qué sintió ese chico. Tampoco corresponde inventarlo.
Sé lo que muestra la fotografía: durante unos segundos, en una habitación de hospital, un chico recibió una visita, un juguete y jugó con un personaje.
Nada de eso cambia un diagnóstico ni acorta una internación. Una bolsa con juguetes no reemplaza médicos, enfermeros, tratamientos ni políticas públicas.
No hace falta atribuirle a una acción solidaria poderes que no tiene para reconocer lo que sí ocurre: hay personas que deciden dedicar parte de ese día a entrar a un hospital y visitar a chicos que no conocen.
Hace alrededor de treinta años que mis padres lo hacen junto a quienes los acompañan.
Con los años cambiaron las caras, los juguetes y los disfraces. Cambiaron los chicos internados. Cambió la gente que acompañaba. También cambiaron mis padres.
Tal vez por haber visto esta historia desde tan cerca nunca me había detenido a hacer la cuenta.
Treinta años.
Salvo cuando una pandemia cerró las puertas, cada Día del Niño prepararon los juguetes y volvieron al hospital.
Quizás no haya mucho más que explicar.
Hay personas que hacen algo una vez. Y hay personas que vuelven.

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